RAFAEL ALONSO SOLÍS

 
 
 
Los nacidos en la década posterior a la guerra civil tuvimos la dificultad añadida de formar parte de un drama que entendíamos mal, del que teníamos escasos datos y acerca del que no se podían hacer preguntas. Se sabía a ciencia cierta el nombre del asesino de Manolete -Islero, de Miura, negro bragado y entrepelado, que llegó a la muleta achuchando y cortando terreno-, pero en aquel epílogo mal escrito no había más que respuestas ambiguas sobre familiares y vecinos desaparecidos durante la contienda. A veces después de la misma, durante un período que se intuía también negro, tenebroso y poblado de iniquidades. La historia que se contaba en los libros y se remachaba desde los púlpitos hablaba de unos seres perversos y con olor a chamusquina, una especie de canalla convulsa a la que se agrupaba sin mucho miramiento bajo la denominación de rojos.

Había, eso sí, cierta matización genérica, pues mientras se deducía que los varones de aquella casta abominable no eran otra cosa que facinerosos sin patria, las mujeres acostumbraban a levantar el puño con gesto soez y desconocían el uso del peine o, lo que tal vez era peor, de la mantilla española. Tuvieron que pasar años para acceder a otras lecturas y poder conformar una explicación más completa de todo aquello. Pero aún quedan heridas abiertas, huesos tirados por las cunetas, calaveras con la sonrisa congelada en el fondo más oscuro de los barrancos y recuerdos a los que no se les ha arrancado la pátina de amargura con que fueron construidos. Una parte de la derecha española, en melancólica sintonía con la que se movilizó con dinero, armas y cruces para limpiar España de mala sangre y garantizar la pureza de la simiente, se pone de los nervios cada vez que se habla del tema. Que los herederos de la infantería que produjo las heridas, fomentó las delaciones y llenó las fosas de cadáveres sin derecho a nombre, acuse de reabrirlas es un ejercicio de hipocresía. Y la reacción de esa pléyade de predicadores civiles que escriben el guión una muestra habitual de una enfermedad del intelecto y un uso viciado del oficio. Es bueno mirar directamente a los ojos de nuestro pasado, con más motivo de los paisajes que más nos avergüenzan y de las regiones que más nos duelen. Porque sólo a partir de esa mirada podemos aceptarlo sin miedo y, tal vez, acariciar con ternura la cicatriz.

Diario de Avisos. Domingo 07 de septiembre de 2008